María Estrella de la Mañana | GOLEM Y OASIS DE AL SALAM
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GOLEM Y OASIS DE AL SALAM

Lo que no dijo Omer a Natán era lo que había detrás de este viaje. Después de unos días
pasados en Van, donde Omar tenía una casa, se  fueron a Dogubayazit, a unos ciento setenta kilómetros
hacia el norte. La inmensa montaña Ararat dominaba toda la región desde sus más de 5000
metros de altitud. El paisaje era grandioso, austero, sobrecogedor.

 

Así se acababa el texto. No mencionaba los rollos en latín. Eran una traducción bastante torpe
de parte de lo que contenían los otros manuscritos. Era también una afirmación de que la copa de ágata
era el verdadero Grial. Hasta hoy no ha podido demostrarse lo contrario.

 

El grupo y Avi no pararon hasta vislumbrar la primera aldea. El joven palestino herido por Dani
murió durante la noche, no podían dejarlo en pleno desierto. Apenas entraron en los territorios, dejaron
los camellos. Tenían un todo terreno en casa de un tío del jefe del grupo cerca de la frontera. Enterraron
al chico llenos de rabia. Abraham daba muestras de estar muy dolido de esta muerte, pues era su hermano
el responsable.

 

Avital, la segunda de las hijas de Rav Yona, sabía que Abraham era aquel joven secuestrado,
muerto y resucitado, de cierta forma. Su historia la había impresionado profundamente. Ella vivía
intensamente el conflicto israelí-palestino. Estaba esperando poder entrar en el ejército a pesar de la
oposición de sus padres, que situaban las cosas en plan espiritual, persuadidos de que una vida santa
era el arma más eficaz contra el mal.

 

Lo que siente Yossi es tan profundo que le parece que su cuerpo no lo sostiene. El Rebe lo
coge del brazo —llévame a tu madre—. Suben la escalera rodeados de la multitud, van despacio, el
Rebe se para a cada escalón, bendiciendo sin cesar. Entran en la sala de las mujeres, Hannah se levanta,
mira a Yossi, llora en silencio, pero su mirada ha perdido todo rastro de dureza.