María Estrella de la Mañana | TESTIMONIO
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TESTIMONIO

 CONSAGRACION DE LA HERMANA MARÍA BLANCA DEL SAGRARIO

 

 

EL AGUA, EL FUEGO, LA GLORIA, EL AMOR Y LA UNIDAD.

Blanca-webLa catequista y el cura no paran de decir, “¡Dios nos ama tanto!”

Pues no lo entiendo, no noto nada.

No noto que a mi alrededor nadie se ame tanto, un poquito quizás, ¡pero tanto!,  mamá sí claro, pero es que es mamá. El resto del mundo va por su interés ¿no?, sólo veo sucedáneos del amor, será que no existe, ¡ah, pero sería tan maravilloso que fuera verdad!. Aunque no entiendan en la parroquia habrá que ir a oírlo ya que en el resto del mundo eso del amor no se ve por ningún sitio.

El cura siempre acaba la misa diciendo “¡Glorificad al Señor con vuestras vidas!” Y a una se le queda grabada la frase.

El tiempo va pasando, la universidad, planes de futuro, todo nos gusta, nos hace ilusión, pero… ¿falta algo no? ¿el qué?

En la misa, un domingo de verano de por entonces, en el Evangelio, Jesús me dice, a mí, que pasaba por allí, “el que beba del agua que yo le diere, no tendrá sed jamás”, y en silencio, con lágrimas en los ojos digo “quiero esa agua”.

Vaya empiezo a entender aquello del amor de Dios, la fuente origen, el Amor origen, del cual mana todo, ¿todo?, ¿también yo?

Pues habrá que estar en Dios para ser original.

¿Y cómo? Hacerlo realidad en el día a día que me toca vivir no parece posible, pero tendrá que ser porque no hay forma de cambiarlo “pues Señor si es lo que quieres… pero podrías querer otra cosa, ¿no? (uh, perdón, creo que esto último no se debe decir)

Silencio.

¿Se nos olvidará el amor de Dios por la presión del mundo que te quiere llevar por otro camino? Surge la duda. ¿Era todo una fantasía? Sin embargo, la propuesta del mundo es tan… asco, ¿y por qué es asco si es tan normal?

Silencio.

Un día  mientras tanto, en casa leyendo, Levítico 6, “De los sacrificios y los sacerdotes”, por tres veces la dice: “un fuego perpetuo quemará sobre el altar, sin que jamás se apague”, y mi corazón empieza a arder y se reconoce como ese altar, como ese sagrario en el que Cristo siempre está.

¿Se puede pensar con ésto que existe la llamada a una vida entregada a Dios? ¿No necesitamos un acontecimiento extraordinario que nos diga que tenemos que tomar tal decisión?

Pues algunos sí, los hay que tienen experiencias, naturales o sobrenaturales, que cambian su vida. Pero a otros nos basta para descubrirlo el día a día, leyendo entre líneas de nuestro vivir cotidiano. Como el camino de la nada de San Juan de la Cruz.

Ya sólo falta  como, cuando y donde  hacerlo realidad.

Una no tiene ni idea pero el Señor lo tiene preparado, en el momento más apropiado lo muestra.

Un día cualquiera conoces a la Fraternidad María Estrella de la Mañana, y te presentan al fundador, Abraham de la Cruz. Él sí que tiene historias extraordinarias que contar.

Tiene nombre de patriarca. Y es que lo es. De un pueblo enormemente numeroso, millones de cristianos y de judíos. ¿Cómo? Sí, es que él es judío y cristiano. Ah, ¿pero se puede ser las dos cosas a la vez? Pues claro, como Dios, el judío que nació en Belén de Judá y que también es Cristo.

Dos pulmones y un solo Corazón, el de Jesús. El Amado de nuestras almas. 

Es lo que llamamos la Unidad.

Y entonces te das cuenta que esta Unidad es lo que glorifica a Dios, el Uno, y ya puedes cumplir el mandato que tenías, “glorifica a Dios con tu vida”.

Pero Abraham tiene un apellido, “de la Cruz”. Es que Cristo también la tiene. Cosas del martirio de amor. Todos los que quieren el Amor han de ser mártires de amor. Y esto es lo que somos en la Fraternidad, nuestra morada, nuestro cielo.

La Fraternidad, unida, un cielo en la tierra.